
En un artículo anterior sobre el fraude científico toqué de paso una de sus consecuencias morales: el problema de la presunción de inocencia, en relación con el caso que afectó al premio Nobel David Baltimore y a su colaboradora Thereza Imanishi-Kari, que durante diez años tuvo que luchar contra una acusación de fraude que finalmente resultó infundada.
También pueden presentarse problemas éticos cuando se descubre que realmente el fraude científico ha tenido lugar. La novela policíaca Gaudy night (1936) de Dorothy L. Sayers, traducida recientemente al castellano como Los secretos de Oxford, plantea un ejemplo concreto. Cuando está a punto de presentar su tesis, un investigador descubre un documento poco conocido que la echa por tierra. La tentación es demasiado fuerte: el investigador hace desaparecer el documento y sigue adelante con su tesis. Desgraciadamente para él, uno de los miembros del tribunal conocía el documento, y al ir a consultarlo descubre que ha desaparecido y quién fue el último que lo consultó. El fraude queda, pues, al descubierto, la tesis es rechazada, el caso se hace público y el investigador es despedido con pronunciamientos desfavorables, lo que le obliga a abandonar la carrera investigadora. Como tiene que mantener una familia, se ve obligado a aceptar un trabajo muy por debajo de su nivel y termina suicidándose.
Los personajes de la novela se plantean el siguiente problema moral: ¿Es justo que una persona tenga que renunciar a su vocación por haber cedido una vez a la tentación de cometer un fraude? ¿Es más importante la integridad de la ciencia que el destino y quizá la vida de los seres humanos individuales? Como dice uno de los personajes: “¿Era tan importante ese documento? No le importaba a nadie. No habría ayudado a un hombre, mujer o niño en todo el mundo. No habría mantenido vivo a un gato. Pero ustedes le mataron por ello”.
La conclusión es unánime: el principio de la integridad de la investigación debe mantenerse a cualquier precio. El fraude científico debe ser combatido, porque en caso contrario todo el edificio de la ciencia se derrumbaría. Pero los investigadores que tomaron correctamente esa decisión podrían haberse preocupado un poco más por la situación personal del individuo afectado y de su familia.
Pienso que sería bueno que los políticos tomasen ejemplo de estos principios y los aplicaran a su caso concreto. Si el fraude político, la corrupción, el engaño a los electores, fuese castigado con la misma dureza que el fraude científico, quizá nuestro sistema democrático no sería tan corrupto. Que un político sea pillado en una sola mentira debería ser suficiente para terminar con su carrera. Recuerdo que Enrique Tierno Galván dijo una vez que ya se sabe que las promesas electorales se hacen para no cumplirlas. Me parece vergonzoso que, ante este alarde de cinismo, mucha gente le riese la gracia.
Aquí vienen a cuento los versos de Lope de Vega:
Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres
que desde entonces no ha vuelto.
| < Anterior | Siguiente > |
|---|
Consecuencias del fraude científico, ¿una lección para los políticos?





