Antes de Córdoba

Antes de Córdoba, estuvo Pamplona; y antes de Pamplona, Madrid; y antes de Madrid, Coruña; y antes de Coruña, Valencia; y antes de Valencia, Granada.

2017, 2010, 2007, 2005, 2001, 1999.

2016-12-19_202404

 

Antes de Granada, Valencia, Coruña, Madrid y Pamplona, el mundo era más pequeño para mí. Los cinco congresos de Comunicación Social de la Ciencia fueron mi escuela de divulgación. Una puerta abierta en el día a día profesional para, cada varios años, salir de casa y ampliar horizontes, conocer el trabajo de otros colegas y hacer visible el propio.

Deseos, objetivos, retos, quedan en el aire tras cada uno de estos encuentros, alumbrando el laberinto de la comunicación científica para que así, viendo mejor, cada cual elija camino propio.

Aquí comienza un destilado de alguna de aquellas luces:
El congreso de Granada partió del convencimiento de que había llegado el tiempo de que la ciencia se convirtiera en un acontecimiento social y dejara de considerarse algo ajeno a la cultura. Dieciocho años después, seguimos anhelando lo mismo.

La responsabilidad del comunicador en la lucha contra la persistencia de ideas mágicas, de supersticiones que perturban la toma de decisiones, estuvo presente desde aquellos inicios. “Una información científica basada en el enfoque racional de los temas enseña a la sociedad a enfocar racionalmente las cosas”, señaló Malén Ruiz de Elvira.

Jorge Wagensberg soñaba con un periodismo que “actúe con la ciencia como con el fútbol, donde el periodista va al partido y cuenta después lo que ha pasado”.

Vladimir de Semir alertaba contra el ‘fast-thinking’ y la trivialización de la información científica, una peligrosa tendencia que se trasladaba, en su opinión, incluso a las propias fuentes.

En aquellos compases finales de la década de los noventa, los museos de la ciencia españoles recibían cada año entre cinco y siete millones de visitantes. En diez años, se había pasado de un panorama con tres museos: Barcelona, Madrid y Coruña, a 30 centros abiertos o en proyecto. Ernesto Páramo, director del Parque de las Ciencias de Granada, habló de “fascinación inteligente” de la mano de la interactividad. Palabra clave. Desde la Domus y la Casa de las Ciencias de La Coruña, Ramón Núñez veía el museo como foro de debate y espoleta para hacer pensar a la gente. El papel de los museos en la educación científica de la sociedad del siglo XXI, siempre que transmitan estímulos relevantes, estaba en el debate.

En 2001, había 523 millones de usuarios de internet en el mundo, 7 de ellos en España y 25 en Iberoamérica. Ya estaba claro en el congreso de Valencia que la comunicación social de la ciencia estaba llamada a establecer una intensa relación con las nuevas tecnologías de la comunicación. “Estamos asistiendo al nacimiento de un medio que supone un reto para los periodistas del siglo XX”, anunciaba Elena Sanz.

Antonio Calvo Roy ya hablaba entonces de la ciencia como “la hermana pobre” de los medios de comunicación y de lo costoso que era (y es) obtener un buen espacio para contarla, así como de la falta de crítica en la información sobre ciencia.

El desencuentro histórico entre periodistas y científicos salió a colación, así como la necesidad de formar expertos en esa “interfaz ciencia-sociedad”, en palabras de Miguel Ángel Quintanilla.

Con un punto de provocación llegó el tercero de los congresos, celebrado en La Coruña en 2005, sentando a la mesa de tertulia a periodistas, escritores, filósofos, científicos, educadores y divulgadores, que hablaron de la presencia de la ciencia tanto en sus vidas como en el mundo de la cultura.

Juntos, se preguntaron:

  • ¿Por qué los niños sienten pasión por la ciencia y a los 16 años abandonan los estudios de ciencias?
  • ¿Por qué se le exige a un científico que explique las cosas y no a un artista?
  • ¿Qué ciencia tenemos que enseñar: la que los científicos creen, la que los profesores consideran, la que la gente pide, la que los divulgadores transmiten?
  • El conocimiento genera responsabilidad. ¿Es más cómoda la ignorancia?

Ahí queda eso.

Javier Quesada sintetizó el reto del divulgador: “Conmover y atraer con ciencia”, pues, aunque “no hace falta entenderlo todo, sí hay que comprender que un país es mejor cuanta mejor ciencia y tecnología tiene”. Más de diez años después, seguimos en el empeño.

El papel de la cultura científica en la formación de ciudadanos con criterio propio, capaces de participar en la toma de decisiones, fue la idea que quiso colocarse el centro del IV Congreso, celebrado en Madrid. ‘Cultura científica, cultura democrática’ fue el lema que condensó esta idea.

En 2007, se perfilaba un reto de absoluta vigencia diez años después: abrirse a la participación ciudadana. “Superar la división entre los que saben y los que no”, decía José Manuel Silva, director general de Investigación de la Comisión Europea. “No es cuestión de que los ciudadanos se conviertan en científicos, sino de ser conscientes de que cada uno posee una parte de los conocimientos y, por tanto, las respuestas a los problemas”. Las conclusiones del congreso apuntaron a la necesidad de trabajar en red y desde lo local.

La relación entre ciencia y entretenimiento y los límites de la ciencia-espectáculo fueron temas estelares de aquella edición.

Jorge Alcalde, director de la revista ‘Quo’, expresó su deseo de convertir la ciencia en espectáculo, “igual que el fútbol o la información cultural”.

Del documental científico a las chispas de los experimentos de ‘El Hormiguero’, pasando por el páramo de la falta de minutos para la ciencia en las parrillas, el amor-odio entre ciencia y televisión llevaba ya años de recorrido. Nueva era entonces, por el contrario, la multiplicación de fuentes y la eclosión de los blogs. El papel de los medios de comunicación fue reivindicado, no sin un punto de autocrítica, que Pepe Cervera diagnosticó como “el fuerte ‘paraqueísmo’ que sufre el periodismo científico”.
La comunicación de la ciencia era ya plenamente consciente en 2010, cuando se celebró el congreso de Pamplona, de que nos encontramos en un nuevo paisaje en el que las redes habían roto fronteras. Ahora hay astronautas tuiteando desde el espacio, aficionados a la ciencia comunicando, gente de a pie exigiendo respuestas desde las redes… El director de ‘Muy Interesante’, José Pardina, constataba que “hoy, donde está de moda la ciencia es en la blogosfera“. Internet plantea nuevos retos y ofrece nuevas oportunidades a los profesionales de la comunicación de la ciencia. Vladimir de Semir hizo un llamamiento a que, además de informar, los medios desempeñen una función analítica. Durante el congreso de Pamplona se animó a los científicos a salir a la palestra, mostrando también las dudas y discrepancias.

Para Jorge Alcalde, “no hay nuevos y viejos medios, sino nuevas y viejas formas de usar los medios que tenemos“. Wicho se mostraba convencido de que “Internet no va a acabar con nadie, igual que la radio no acabó con los periódicos ni la televisión con la radio”.

Mientras el descenso de vocaciones científicas preocupa, la conquista del público lleva a usar nuevos formatos y formatos de siempre desde ópticas imaginativas, de las que hubo buenas muestras sobre el escenario de aquel congreso.

Córdoba recogerá en noviembre de 2017 el testigo en esta carrera por comunicar la ciencia a la sociedad. Una esperada cita.

PARA SABER MÁS:

Reportaje sobre el CCSC Granada 1999

Reportaje CCSC Valencia 2001

Reportaje CCSC Coruña 2005

Reportaje CCSC Madrid 2007

Reportaje CCSC Pamplona 2010

 

Tweet about this on TwitterShare on FacebookShare on LinkedInShare on TumblrEmail this to someoneShare on Google+
Escrito por:

Coordinadora de Tercer Milenio, Heraldo de Aragón

Todavía no hay comentarios, ¿Quieres ser el primero?

Deja un comentario