Divulgación científica y ciencia irónica: ¿Ciencia? ¿Metafísica?

El método científico se apoya en la conjugación de dos componentes: hipótesis o teorías, y experimentación. Si falta la segunda, la primera pierde casi todo su valor. En el mejor caso, una teoría sin apoyo experimental es provisional; en el peor, extracientífica.

Según Karl Popper, una teoría científica nunca puede demostrarse, simplemente se mantiene hasta que un descubrimiento nuevo la contradice y obliga a rechazarla o a refinarla. Lo esencial es que se pueda demostrar que es falsa, que sea posible diseñar un experimento capaz de echarla abajo. Las teorías no falsificables no son construcciones científicas válidas. A lo sumo son ejercicios hipotéticos, sin relación con la realidad. John Horgan las llama ciencia irónica.

Un ejemplo reciente de ciencia irónica es la teoría del multiverso, la respuesta atea al problema del principio antrópico: el carácter crítico de las leyes físicas, que parecen diseñadas para hacer posible la existencia de vida y de seres conscientes capaces de descubrirlas. Para un creyente, la cosa tiene explicación: un Dios creador ha diseñado el universo. Partiendo de esta hipótesis, no resulta sorprendente que las leyes físicas estén ajustadas para obtener ese objetivo.

Para contrarrestar esta hipótesis, los ateos aducen una explicación alternativa: el multiverso. Si existiesen infinitos universos, cada uno con leyes distintas, la vida habría aparecido únicamente en aquéllos cuyas leyes la hacen posible. Obviamente, nosotros sólo podemos existir en uno de esos universos. Nuestra existencia sería consecuencia de la casualidad, no del diseño.

Desde mediados del siglo XIX ha tenido lugar una curiosa evolución en las discusiones sobre la aplicación a la cosmología del principio de la parsimonia o navaja de Occam, una de las armas más eficaces de la ciencia, que aconseja reducir al mínimo el número de causas, objetos o entes a los que hay que recurrir para explicar un fenómeno.

Antes de la teoría del multiverso, los ateos acusaban a los creyentes de transgredir el principio de la parsimonia. ¿Por qué recurrir a un Dios creador para explicar el origen del universo, si es más simple afirmar que apareció sin causa alguna, espontáneamente? La explicación de los creyentes precisa de dos entes: Dios y el universo. La de los ateos, de uno solo: un universo sin Dios.

Pero ahora, cuando los ateos recurren a la hipótesis del multiverso, ya no tienen a su favor el principio de la parsimonia, pues su alternativa propone la existencia de infinitas entidades, en lugar de dos. Para responder a esta crítica, Martin Rees aduce que la navaja de Occam no tiene por qué aplicarse a escala cosmológica. ¿Dónde queda la honradez científica, si se aduce un argumento cuando parece favorable y se rechaza su aplicación al descubrir que ha dejado de serlo?

Al abrazar la teoría del multiverso, el ateísmo se pone a la defensiva: parece que, si sólo hubiese un universo, no habría más remedio que aceptar la existencia de Dios. La alternativa, el multiverso, no da lugar a ese dilema: si Dios ha creado un universo, ¿por qué no más de uno? Si fuese cierto que hay muchos universos, eso no excluiría necesariamente la existencia de Dios.

La teoría del multiverso no es ciencia, porque es imposible demostrarla o echarla abajo. Cuando esta teoría se presenta como una alternativa científica a la creación, se comete un abuso del lenguaje. Si se presentase como lo que es, una teoría metafísica, perdería fuerza, porque la hipótesis opuesta también pertenece a ese campo. Se intenta aprovechar el prestigio que aún conserva la ciencia para desacreditar a sus oponentes. Un divulgador científico debe tener cuidado para no caer en la trampa, llamando teoría científica algo que no lo es.

Escrito por:

Universidad Autónoma de Madrid

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