Ha muerto Punset

“Ha muerto Punset. ¿Preparas algo? Comedido, ¿eh?”.  Así me enteré, a través de este mensaje de whatsapp de la jefa de la sección de sociedad de La Vanguardia, de que había muerto Eduard Punset, director y presentador del programa de TVE Redes; autor prolífico de todo tipo de libros, incluida una novela; y sobre todo personaje de la cultura popular española. “¿Cómo de comedido? ¿Puedo escribir sobre sus luces y sus sombras?”.

A Punset lo conocí a través de una amiga, Anabel, que es también periodista de ciencia. Un día en la facultad me pasó un par de DVD y me dijo que tenía que mirar aquel programa, que estaba muy bien, que con lo que me gustaba la ciencia cómo podía ser que no lo conociera, que entrevistaba a científicos top. Y así. Devoré los dos programas. Me encantaron. Se lo dije y al día siguiente me vino con un libro de Punset. Léetelo, que te gustará. Y así fue como me enganché a Redes, que entonces era un programa de una hora que daban en La 2 de TVE de madrugada. Y como, de rebote, empecé a llegar tarde a la facultad los lunes. Y como yo, miles de personas.

Muchos años más tarde, en 2008, cuando seguramente el programa encaraba una nueva etapa en muchos sentidos, con un Punset que acababa de pasar un cáncer de pulmón, entré a formar parte del equipo Redes por una carambola de la vida. Y conocí, finalmente, en persona, a Eduard. Recuerdo que fue en una comida en la masía que tenía en Fonteta, en el Empordà, a final de aquella temporada. Era, tal como aparecía en la televisión: un seductor nato. Sabía jugar con los silencios, con las manos parlanchinas, con ese acento exageradamente catalán que lo hacía un poco exótico. Con la mirada, con frases incomprensibles pero que inexplicablemente a la gente le encantaban y con las que incluso nos hacíamos camisetas, como aquella de “Tus neuronas no saben quién eres y no les importa”. Era carismático.

Entonces el funcionamiento -y el entusiasmo- del programa era bien distinto del que Pere Estupinyà, por ejemplo, comentaba en El País hace unos días. En mi época, Punset no trabajaba con el equipo, sino directamente con dos manos derechas (a las que solía tratar demasiado a menudo de forma déspota), que le buscaban la documentación, seleccionaban candidatos a entrevistables y le preparaban las preguntas de las entrevistas. Esas dos manos derechas luego se coordinaban con el resto del equipo para elegir qué reportajes haríamos y cómo. Punset, a posteriori, cuando veía el programa por la tele, emitía veredicto. Y en muchas ocasiones solía ser demoledor.

En ese sentido, recuerdo una frase que me espetó en una de nuestras primeras conversaciones y que fue casi bíblica: “Nunca me han funcionado bien los periodistas en el programa. A ver si tú eres la excepción”. Es cierto que en el equipo de guionistas había biólogos y yo era la única periodista. Aquella frase tenía mucho que ver con el criterio de Punset: cada programa era monotemático, dedicado a un entrevistado que defendía una tesis que era la apuesta del programa. Por tanto, nada de contrastarla. Nada de buscar a otros expertos, nada de hacer periodismo, en definitiva.

En cuanto a los temas, Punset tenía claro que debíamos explicar a la gente ciencia que le interesara, que les dijera cómo eran por dentro, qué les pasaba, por qué eran como eran. Ciencia popular. “Tenemos que contarles algo que después puedan explicar en una cena con amigos”, repetía. Huía del formato clásico de reportaje televisivo. Nada de cabezas parlantes, en alusión a incluir entrevistados en los reportajes que acompañaban la entrevista central. Apostaba claramente por el “infotainment”, muy al estilo anglosajón y que era muy novedoso aquí en España entonces: conciliar el conocimiento con el entretenimiento.

Y eso era muy exigente a la vez que muy estimulante como guionista. Había presupuesto y podíamos desde contratar a actores para recrear escenas, o encargar animaciones a un dibujante, o casi cualquier cosa que se nos ocurriese. Esa forma de hacer, novedosa en su momento al menos aquí, en España, es un mérito que debemos reconocerle. Como también el haber sabido ‘bajar’ a grandes científicos como Richard Dawkins, para que todo el mundo lo entendiera. Tenía un don para hacer sencillo lo complicado, para que la ciencia dejara de asustar y logró que se convirtiera en tema de conversación en los bares. “Oye, ¿sabes por qué te gusta tanto el queso? Pues resulta que tienes unos genes que …”

Como me decía Antonio Calvo, presidente de la Asociación Española de Comunicación Científica (AECC) hace unos días, “la curiosidad es un motor extraordinariamente potente para la divulgación y Punset tenía curiosidad, con la ventaja de que esa curiosidad era contagiosa“. Y de hecho logró contagiar a mucha gente que a priori no estaba interesada por la ciencia.

Pero también, Punset, tuvo curiosidad por temas que carecían de base científica, y sobre todo en una segunda etapa del programa, incluso traspasó líneas rojas. Como cuando le dio voz a Uri Geller, el charlatán que decía poder doblar una cuchara con la mente. O a Deepak Chopra, un conferenciante hindú muy conocido que se dedica a usar supuestos conceptos de la física cuántica para defender la medicina alternativa ayuvérdica. Por solo nombrar a un par de personajes.

También flirteó con algunos conceptos pseudocientíficos que hicieron que su labor divulgativa fuera fuertemente cuestionada, tanto por otros divulgadores como por científicos, e incluso público. Además, el hecho de que Punset se prestara a participar como ‘estrella’ en alguna feria de terapias alternativas, y el viraje hacia la autoayuda y la psicología positiva que empezó a dar el programa, sobre todo desde la incorporación de su hija, Elsa Punset, en los últimos años acabaron de socavar su credibilidad como divulgador.

Contaba en la especie de obituario que publiqué en La Vanguardia el día en que conocimos su muerte, que la última vez que vi a Punset en persona fue en verano de 2016, cuando coincidimos en la entrega de los Premios de Periodismo de Salud Concha García Campoy, en Madrid. Apenas quedaba nada de la figura del gran divulgador, del personaje de pelo alborotado y frases pegadizas. Tampoco del carácter digamos ‘fuerte’ del Punset que conocí. Allí arriba solo había un señor encogido y torpe, que perdía el hilo de sus palabras. Costaba creer que aquel señor curioso que nos había acompañado al interior de nuestro cerebro, que nos había hecho preguntarnos por qué somos como somos, no supiera ya más quién era.  

Como me dijo Calvo para el texto de La Vanguardia, “su muerte es una pérdida para el mundo de la divulgación. Me quedo, no obstante, con el primer Punset, el de los primeros programas- Reivindiquemos y ensalcemos, pues, la figura del Punset de los primeros años”.

Escrito por:

Periodista freelance especializada en ciencia, tecnología y cultura digital.

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