Ni ciencias ni letras, cultura

Ticket de un barSi nos atenemos a mi paso por el sistema educativo soy de ciencias. Esto, entre otras cosas, quiere decir que soy a quien se le pide que divida la cuenta del restaurante cuando salgo a cenar con los amigotes. Bueno, ahora menos, que todos tenemos una calculadora en el móvil.

Esto quiere decir también que si intento hablarle a la mayoría de mis amigos de los problemas de la sonda Juno me miran con ojos de besugo… Si es que me dejan hablar.

Me ponen, claro, la excusa de que son de letras.

Y hasta está bien visto eso de decir «yo es que soy de letras» como excusa para no comprender o no tener interés en nada relacionado con la ciencia o la tecnología.

Pero probad a decir que no habéis leído El Quijote –por ejemplo– porque sois de ciencias. A vuestros interlocutores les parecerá de una incultura supina, aunque por lo visto hay como un 41 por ciento de españoles que no lo han leído.

Pero a mí me parece tanta incultura una cosa como la otra. Para mí la ciencia y por ende la tecnología son tan cultura como las letras, o si queréis las humanidades.

De hecho me parece una aberración esa separación entre ser de ciencias y de letras que reina en nuestro sistema educativo y por consiguiente en nuestra sociedad.

Lo malo es que esto hace que exista un desconocimiento, incomprensión e ignorancia mutuos entre «los de ciencias» y «los de letras» que genera una curiosa imagen distorsionada cada vez que se miran entre sí.

De ahí el título de esta anotación: Ni ciencias ni letras, cultura.

Un poco de historia

Esta división entre ciencias y letras, a la que ahora estamos tan acostumbrados es, sin emabrgo, relativamente nueva en la historia.

Máquina voladora de LeonardoSi menciono a Leonardo da Vinci todos pensamos en la Gioconda. Pero quizás no es tan sabido que da Vinci también estaba muy interesado en la biología, incluyendo el estudio del cuerpo humano, o que también le interesaba la ingeniería; de hecho llegó a diseñar máquinas voladoras, por poner un ejemplo.

Es lo que hoy en día llamaríamos un hombre del renacimiento, aunque esta expresión es de principios del siglo XX.

Una palabra más apropiada y de su época es polímata, pues se trata de una palabra inventada por el arquitecto, secretario de tres Papas, humanista, arquitecto, tratadista, matemático y poeta italiano Leon Battista Alberti, quien vivió en el siglo XV. Él decía que un hombre puede hacer todas las cosas si así lo desea.

Igual que da Vinci eran polímatas Copérnico, Hipatia de Alejandría, Newton, Leibniz, por citar algunos nombres.

Y no, en su tiempo nadie los habría llamado científicos porque de hecho el término científico no aparece hasta principios del siglo XIX. Lo inventó William Whewell, él mismo un polímata, en 1833 porque ya en su tiempo se empezaba a ver el conocimiento sobre el mundo natural como diferente al otros tipos de conocimiento, algo que a él no le gustaba nada; de hecho propuso el término en forma medio satírica, molesto porque a químicos o matemáticos ya no les valiera el término filósofo natural o filósofo experimental. La palabra científico, de todos modos, no se popularizó hasta finales del siglo XIX.

Esta especialización del conocimiento venía gestándose desde mucho antes, en especial desde que el filósofo Porfirio en el siglo III popularizó la idea de que los conceptos se subordinan partiendo de los más generales a los más simples. Los árboles de Porfirio expresan esta forma de ver el mundo, y como sabemos, la forma en la que miramos el mundo influye en como lo percibimos.

Árboles de Porfirio

Árboles de Porfirio

Otro ejemplo posterior de esto son las categorías en las que está organizada la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert. Hay un grabado de Robert Benard de 1780 que las representa como un árbol en el que en la parte inferior de su tronco vemos como dice que nuestro entendimiento permite dividir todo en tres grandes ramas: memoria, razón e imaginación, de las que cuelgan todas las demás y que ya muestran una clara separación entre ciencias y letras.

Árbol del conocimiento según la enciclopedia de Direrot y d'Alembert

Árbol del conocimiento según la enciclopedia de Direrot y d’Alembert

Así, a principios del siglo XX la separación era cada vez más clara, promovida por un sistema educativo que favorecía los contenidos «de letras» y por una clase alta a la que no le interesaba prácticamente nada la ciencia ni la tecnología; las veían como un mal necesario del que aprovecharse pero nunca como un asunto de su interés.

Para 1959 esta división era ya era lo suficientemente preocupante como para que Charles Percy Snow hablara de Las dos culturas en una charla que expuso como la ruptura de comunicación entre las ciencias y las humanidades y la falta de interdisciplinariedad es uno de los principales inconvenientes para la resolución de los problemas mundiales.

Como cuenta Xurxo Mariño en El juego del conocimiento Snow decía que, desde la revolución industrial, el mundo de los autoproclamados «intelectuales» no se ha interesado ni ha entendido qué es lo que sucede en el mundo de los intelectuales de ciencia, uno de los pilares centrales de la civilización contemporánea y de la que deberíamos estar al tanto, aunque sólo sea a la hora de tomar decisiones que afectan a nuestra vida cotidiana como por ejemplo si nos ofrecen poner un repetidor de telefonía móvil en nuestro edificio a cambio de asumir los costes de la comunidad.

Por su parte, los científicos creen que la literatura de la cultura tradicional no aporta nada relevante a la vida psicológica, moral o social. Como resultado se auto–empobrecen y disminuyen su universo imaginativo.

La consecuencia de este abismo entre las dos culturas es una pérdida práctica, intelectual y creativa; una enfermedad de la sociedad occidental que afecta gravemente al resto del mundo. Según Snow, esto es mucho más que un problema; estamos perdiendo todas las oportunidades creativas que siempre surgen cuando dos mundos, dos culturas, entran en colisión.

Un poco de optimismo

Pero sin embargo la realidad parece ser muy otra.

Esta imagen forma parte de Clusterball un experimento hecho en 2007 por Chris Harrison en el que dibuja las relaciones entre distintas categorías de páginas de la Wikipedia, el equivalente moderno a la enciclopedia de Diderot y d’Alembert:

Física en Clusterball

Física en Clusterball

Probablemente os será difícil de ver, pero en este caso, y partiendo de la física llegamos rápidamente a la filosofía arriba a la izquierda, a premios de arte, cine y literatura arriba a la derecha, y por abajo a la izquierda tenemos a la literatura, de la que se llega a la música, el teatro, etc… Y eso por no hablar las conexiones entre categorías que recorren el borde interior del círculo.

Visto así, parece que el mundo no se divide en categorías tan separadas como los árboles taxonómicos nos quieren hacer ver.

Y de hecho yo diría que la ciencia y el arte no están tan separados y nunca lo han estado.

Siempre ha habido un punto de encuentro en la ilustración científica, ya sea en ilustraciones como las de Leonardo da Vinci o en los grabados de Robert Hooke en Micrographia, en los que intenta describir el mundo visto a través de un microscopio.

Células de corcho y escamas de pez en Micrographia

Células de corcho y escamas de pez en Micrographia

Otro ejemplo es la acuarela Duria Antiquior, Un Dorset más antiguo, la primera de la historia en la que se intenta representar el mundo hace millones de años basándose en los conocimientos adquiridos a través del estudio de fósiles.

Hay también una relación mucho más funcional, aunque a esta hemos llegado con los avances en tecnología, y que nos permiten analizar, por ejemplo, los pigmentos de las pinturas con las que está hecho un cuadro y decidir, ante la duda, si es verdadero o falso.

Este es el caso, por ejemplo, de un grupo de supuestos Pollocks que Alex Matter encontró en casa de sus padres. Ellos habían sido amigos de Pollock, por lo que no era descabellado pensar que este les pudiera haber regalado algún cuadro. Aún así el señor Matter decidió pedir que los analizaran y en tres de ellos se encontraron pigmentos que fueron descubiertos después de la muerte de Pollock, así que todo parece indicar que no, que no se trata de un lote de Pollocks olvidados.

La ciencia ayuda también a estudiar cuadros explorándolos con rayos x tanto para ayudar a determinar su autoría como para ver si por debajo de la capa superficial hay otros dibujos, lo que no es nada raro.

Pero más allá de esta relación «utilitaria» la ciencia también nos ayuda a entender mejor las piezas de arte, en especial si hablamos de arte moderno, al conocer los materiales de los que están hechas, su ficha técnica. Conocer las características de los materiales nos permite entender mejor los motivos del autor para escoger esos y no otros y lo que nos quiere decir con ellos.

Además, la ciencia provee al arte, entendido en su sentido más amplio, de nuevos materiales y técnicas que permiten realizar obras antes imposibles, como por ejemplo en el caso del azul Klein, patentado por Yves Klein.

Y los resultados de la intersección de ciencia y arte pueden ser maravillosos.

Lo son, al menos en mi opinión, en las imágenes del universo como la famosa Los pilares de la creación que los equipos del Hubble y otros instrumentos similares publican. Hacen una interpretación de los datos que recogen sus instrumentos, en su inmensa mayoría más allá de lo que podemos ver, y nos permiten comprender mejor el universo en el que vivimos.

Los pilares de la creación

Los pilares de la creación

Lo son, también, a otra escala mucho más modesta, proyectos como NeuroKnitting, un proyecto en el que unos artistas han conectado una banda lectora de actividad cerebral a una tricotadora usando una electrónica progamable de bajo coste llamada Arduino. Su trabajo recoge cómo los cerebros de los sujetos de prueba reaccionan a la música de Johann Sebastian Bach, pasando sus ondas cerebrales a diseños sobre bufandas.

De hecho es cada vez más normal que haya programas de artistas residentes en instalaciones científicas de todo el mundo que buscan tender esos puentes que C. P. Snow decían que faltaban.

Como dice José Ramón Alonso, doctor en Neurobiología por la Universidad de Salamanca (donde también es catedrático de Biología Celular y de la que fue rector), director general de Políticas Culturales en la Junta de Castilla y León, y comisionado para la Lengua Española en la Junta de Castilla y León:

Me gusta no saltar de la Ciencia a las Humanidades sino pensar que existe un territorio común en el que todos confluimos, donde nos enriquecemos con los pensamientos y las ideas de la otra parte, generando una realidad más diversa y más rica y donde aprendemos mucho más.

Y buscar ese territorio común, en mi opinión, nos hace personas más completas.

Yo sé que puedo disfrutar más de una puesta de Sol cuando no sólo aprecio su belleza sino que además sé por qué se están produciendo esos espectaculares colores. Y sé que puedo emocionarme igual con el éxito de una misión espacial que con la lectura de El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez.

Así que ni ciencias ni letras, cultura.

[Esta anotación está basada en la charla con el mismo título que di en la jornada Presente, futuro y capacidad transformadora de las industrias culturales y creativas organizada por el Ayuntamiento de Pamplona y el Centro Europeo de Empresas e Innovación de Navarra S.L. (CEIN, S.L.) el 15 de septiembre de 2016 en Pamplona]

Escrito por:

Museos Científicos Coruñeses Microsiervos.com

1 Comentario

  1. Noemí dice:

    Excelente post… la ciencia y el arte deben estar unidos puesto que la falta de uno de ellos es muy significativa…

    el problema que la gente tiene con respecto a esto es decir que solo se enfocan en una rama (humanista o cientifico) si fuera asi un cientifico no tendria que leer porque supuestamente es cientifico… claro que no… los dos son iguales.

 

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