TUNGUSKA: NOTICIAS SOBRE EL COMETA DE LA VIDA ECLIPSADAS POR TITULARES DE IMPACTO

El escritor científico Nigel Calder calificó como “el ataúd de los dinosaurios” el cráter de Chicxulub, excavado en la península de Yucatán por el gran meteorito que causó la masiva extinción de vida ocurrida hace 65 millones de años. En el otro lado del planeta, sin embargo, la ciencia aún no ha encontrado una explicación sobre la ausencia del cráter que, teóricamente, debía señalar en el mapa el lugar del último gran impacto cósmico sobre la Tierra, sucedido el 30 de junio de 1908 en Siberia central, en una región inexplorada de la taiga que cruza el río Podkamenaya Tunguska. La efeméride sirve para que cada año, desde 2017, se celebre internacionalmente en esa fecha el Día del Asteroide a instancias de la ONU, iniciativa que entre sus muchos objetivos intenta fomentar la investigación y divulgar entre la sociedad la evidencia de que las colisiones con otros cuerpos celestes constituyen un riesgo real, ya que forman parte de la historia nuestro mundo.

Árboles de la taiga derribados por el impacto en Tunguska.

Árboles de la taiga derribados por el impacto en Tunguska.

Pero 110 años después de la última sacudida planetaria, el impacto de Tunguska continúa pendiente de resolución. Desde la primera expedición científica de 1927 a la zona cero, encabezada por Leonid Kulik, hasta la actualidad dicho suceso ha dado pie a decenas de hipótesis y teorías y se han publicado centenares de artículos científicos, pero la realidad es que no se ha alcanzado un consenso acerca de la naturaleza del cuerpo celeste que devastó más de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque siberiano virgen. El debate entre quienes afirman que fue un asteroide y los que creen que lo hizo un cometa continúa abierto un siglo después, aunque se ha aceptado mayoritariamente que lo ocurrido no fue un impacto propiamente dicho contra la superficie terrestre, sino que uno o varios fragmentos del objeto principal explotaron en la atmósfera, a una altitud de unos 8 o 9 kilómetros, antes de tocar tierra, generando una onda expansiva que dejó su rastro en los sismógrafos y barógrafos de algunos observatorios. Las bolas de fuego fueron observadas cruzando vertiginosamente el cielo por miles de aterrorizados habitantes de las regiones próximas hasta una distancia de 1.000 kilómetros, al tiempo que el bosque quedaba arrasado en un radio de unos 40-50 kilómetros, con la inmensa mayoría de los árboles derribados y sus copas señalando la dirección opuesta al epicentro. En las zonas más cercanas, aunque no se conocieron víctimas, personas y animales fueron volteados o derribados por el huracán cósmico mientras casas y edificios se tambaleaban ante lo que parecía el fin de los días.

Kulik (abajo, segundo desde la izquierda), junto a sus compañeros de expedición.

Kulik (abajo, segundo desde la izquierda), junto a sus compañeros de expedición.

DESCUBRIMIENTOS SOBRE LA RESTAURACIÓN DE LA BIOSFERA

Si Chicxulub fue la “pistola humeante” que acabó con los dinosaurios (en palabras de Walter Alvarez y otros investigadores), Tunguska es uno de los principales enigmas astronómicos del último siglo, aunque resulta sorprendente que la discusión principal sobre si el culpable fue un asteroide o un cometa haya eclipsado hallazgos extraordinarios en la zona del impacto, como los logrados desde 1988 por el investigador Andrei Zlobin, ingeniero y matemático de la Academia de Ciencias de Rusia, quien durante los últimos 30 años ha dado un importante vuelco al conocimiento de este hito histórico. Como muchos de sus colegas rusos, está convencido de que no fue un asteroide (¿dónde está el cráter?), sino un cometa, cuatro de cuyos fragmentos estallaron de forma apocalíptica al entrar en la atmósfera. Lo importante, sin embargo, es que tras explorar la zona de impacto y su entorno por primera vez en 1988, recogiendo numerosas muestras que han sido minuciosamente analizadas en el laboratorio, este investigador sostiene que el presumible cometa de Tunguska derramó agua cósmica y otros elementos que, por paradójico que parezca, han servido como germen para el florecimiento de la vida en aquel enclave devastado, que en 1908 se transformó en el paisaje terrestre más parecido al infierno. Sus extracciones y trabajos de campo en las turberas cercanas revelaron que, a pesar del colosal impacto y de las gigantescas bolas de fuego que calcinaron la taiga, sobrevivieron semillas de los árboles bajo la superficie y, en las décadas posteriores, hubo allí un extraordinario florecimiento de vida.

Andrei Zlobin en las turberas de la zona cero.

Andrei Zlobin durante su trabajo de campo en la zona cero.

No lejos del campo de trabajo donde décadas antes Kulik y sus compañeros de expedición habían realizado atónitos la primera descripción científica de la colisión cósmica, Zlobin y su equipo descubrieron algo trascendental en la ribera del río Kushmo: lo que parecen tres fragmentos meteoríticos (piedras fundidas), cuya composición y análisis magnético no sólo concuerdan con la teoría cometaria, sino que al cabo de estos 30 años de estudios han llevado al autor a postular que sucesos como el de Tunguska, al igual que otros impactos cometarios sobre la Tierra y otros planetas, deben haber aportado los componentes orgánicos necesarios para despertar a la vida lugares inertes.

Los tres fragmentos hallados por Zlobin.

Los tres fragmentos meteoríticos hallados por Zlobin.

Cabe recordar aquí que otros científicos anteriores, como Svante Arrhenius, Fred Hoyle y el español Joan Oró, ya defendieron décadas atrás su opinión a favor del papel de los cometas como precursores de vida. Sus opiniones al respecto fueron ampliamente difundidas en el mundo occidental, pero es necesario puntualizar que a lo largo del siglo XX investigadores de la antigua URSS se pronunciaron también en el mismo sentido, si bien en aquella época la comunicación e intercambio científico entre ambos lados del telón de acero no gozaba de la necesaria fluidez.

Desde 1988, Zlobin ha escrito numerosos artículos científicos con los resultados de sus investigaciones en la zona cero de Tunguska, el último de los cuales acaba de publicarse ahora, coincidiendo precisamente con el 110 aniversario del suceso que conmemoramos en 2018. En él hace un balance de estos tres decenios de trabajo de campo y laboratorio y se ratifica en sus postulados. Zlobin presenta “una nueva visión del mecanismo de iniciación de la vida en los planetas después de los impactos similares a Tunguska”, cuyo mecanismo “tiene en cuenta no sólo la materia orgánica cósmica entrante sino también la información que está conectada a esta sustancia”. Asimismo, sus estudios se centran en la deducción de las “mediciones matemáticas del átomo de hidrógeno que pueden usarse para el algoritmo de reconocimiento de patrones”.

ESCASO ECO EN LA DIVULGACIÓN CIENTÍFICA

Un siglo después, a pesar de que la ciencia no haya cerrado el debate sobre la naturaleza del objeto cósmico, disponemos de nuevos estudios que aportan luz a este suceso desde otra perspectiva, la del papel de los impactos cometarios como fuente de vida en la Tierra. Habría que preguntarse por qué estas investigaciones han tenido tan escasa repercusión en el ámbito de la divulgación científica, a pesar de que el suceso del 30 de junio de 1908 acapara todos los años una multitud de titulares, no sólo en las publicaciones especializadas sino también en los medios de información general. Zlobin cree, a este respecto, que el papel desempeñado por los cometas es crucial, hasta el punto de que “la sustancia de la Tierra y la sustancia interestelar de los cometas no difieren considerablemente y parecen tener una génesis común”. Esto explicaría, al menos en parte, por qué durante los últimos 100 años no se habían encontrado restos del objeto de Tunguska en la zona del impacto, ya que “nadie fue capaz de diferenciar la sustancia interestelar de la de nuestro planeta”.

Turberas analizadas por Zlobin y su equipo en la zona de impacto en 1988.

Turberas analizadas por Zlobin y su equipo en la zona de impacto en 1988.

Históricamente, la mayoría de estudios sobre el suceso de Tunguska convirtieron al cometa Encke en el sospechoso número uno del cataclismo de 1908. Este cometa, seguramente el más estudiado de la historia, tiene una de las órbitas más pequeñas que se conocen, ya que recorre su camino alrededor del Sol en sólo 3,3 años. Su relación con la lluvia meteórica de las Beta Táuridas, que se produce todos los años entre junio y julio, hizo del Encke la apuesta más sólida entre las teorías cometarias, hasta el punto de que el propio Carl Sagan la consideró la más lógica. Aunque se trata de un enjambre meteórico notable, no es muy conocido porque la lluvia se produce de día, por lo que sus estrellas fugaces y bólidos son difíciles de observar, al menos en comparación con otras lluvias famosas, como las Leónidas y las Perseidas, que son nocturnas.

Zlobin, por su parte, es partidario de la corriente científica que descarta al Encke y cree que el cometa causante procedía de la Nube de Oort, un gran conglomerado de objetos cósmicos situado en los confines del Sistema Solar, mucho más allá de Neptuno y Plutón, en lo que podemos considerar ya el espacio interestelar. De hecho, a pesar del escaso eco que tuvieron fuera de su país (entonces la URSS), algunos predecesores de la literatura científica rusa acerca de Tunguska ya publicaron a mediados del siglo XX estudios que cuestionaban las creencias iniciales mayoritarias sobre la trayectoria descrita por el cuerpo celeste durante su aproximación a la Tierra. Fue el caso de Arkady Voznesenksy e Ivanov Astapovich.

Más allá de la mirada de la ciencia, hace un siglo y un decenio, por estas mismas fechas, los efectos del suceso de Tunguska asombraron a la gente en gran parte de Europa. Si bien no se supo hasta muchos años después lo que había sucedido, millones de partículas desprendidas del objeto cósmico multiplicaron la luminiscencia de la atmósfera en amplias zonas del continente, por lo que una excepcional claridad impregnó el ambiente nocturno en un sinfín de ciudades. Londres fue una de ellas y quedó sobrecogida por semejante espectáculo natural, del que se hacían eco tanto la prensa local como algunos de los periódicos centenarios de España, entre ellos el diario La Vanguardia de Barcelona. En su edición del 3 de julio se publicó una noticia fechada la víspera en Londres, con el título El sol a medianoche. En ella se hablaba de un extraordinario fenómeno sucedido las dos noches anteriores y “muy parecido a una aurora boreal”.

Noticia publicada en el diario 2La Vanguardia" el 3 de julio de 1988.

Noticia publicada en el diario “La Vanguardia” el 3 de julio de 1908 sobre la luminiscencia atmosférica en Londres.

 

PRINCIPALES REFERENCIAS

-Andrei E. Zlobin. Tunguska similar impacts and origin of life.

-Andrei E. Zlobin. Discovery of probably Tunguska meteorites at the bottom of Khushmo river’s shoal.

-MIT Technology Review. https://www.technologyreview.com/s/514511/first-tunguska-meteorite-fragments-discovered/

-Andrei E. Zlobin. Results of theoretical, experimental and field research of Tunguska Space Catastrophe (to 110-years anniversary of the 1908 event).

 

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Escrito por:

Escritor y comunicador científico freelance.

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